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El autor sostiene que la cultura de cumplimiento, y no la calidad moral individual de los empleados, es el factor determinante del éxito o el fracaso de un programa de Compliance. Para demostrarlo recurre al experimento de conformidad de Solomon Asch, en el que el 74% de los participantes cede a la presión del grupo, y al experimento de obediencia a la autoridad de Stanley Milgram, donde el 65% de los sujetos llega al voltaje máximo. El texto retoma a Daniel Kahneman para explicar que el cerebro humano conserva mecanismos de decisión arcaicos que favorecen la sumisión al grupo y a la autoridad. Concluye que sin una cultura corporativa que respalde la conducta correcta, ni las políticas mejor redactadas ni un código de conducta atractivo evitan el fracaso del programa.